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MANOLO
 

Hacía una hora que el sol había desaparecido por las laderas de Villar de Fuentidueña. Me encontraba, con mi hijo Daniel, contando los cangrejos y descebando los reteles cuando sonó el teléfono móvil.


 
 



-Este fin de semana voy a organizar una reunión de cursillistas ¿te apuntas?

-Vale, contesté.

Era Guzmán. Sabía que yo siempre iba a escalar sólo y tuvo la gentileza de invitarme a esa reunión. Pensó que, aunque yo no había participado en ningún curso, sería bueno que asistiera y conociera gente nueva para escalar.

Nos fuimos al Yelmo y una vez allí nos distribuyó en cordadas.

Ya bajando le dije:

-Oye, ese chico delgado no es ningún cursillista tuyo ¿no?.

-No, que va, ya sabe escalar, lo que pasa es que también anda siempre sólo, como tú, y le he invitado para que conozca a gente. Es muy bueno, este verano ha estado en el Aconcagua.

El del Aconcagua, Ernesto el del Aconcagua; así lo anoté en mi libreta de direcciones.

A partir de aquel día se sucedieron las llamadas y quedamos alguna que otra vez.

Personalmente no tenía ninguna prisa. Yo había resuelto tomármelo con calma, así disfrutaría más de nuestros encuentros montañeros.

Cuando viajes a Ítaca

pide que tu camino sea largo...

...no apresures el viaje

mejor que dure muchos años.

Me gustaba pararme a pensar que me lo estaba pasando bien y me tranquilizaba el hecho de que siempre que le llamara, estuviera al otro lado del hilo telefónico y, efectivamente, así sucedía.

Meses más tarde, se paró el reloj en Madrid y en los corazones de todos los que amamos la vida. Salí de ese tren a la vida empezando una nueva, más oscura y tenebrosa, de la que creí no saldría nunca.

Poco a poco la montaña, los amigos y los amigos de la montaña, me fueron sacando de ese rincón de llanto y pena.

Las llamadas de Ernesto se multiplicaron y también las salidas a la Pedriza.

Me gustaba verle escalar, aunque no sé si me gustaba más su forma de escalar o la filosofía que tenía de la vida y de las cosas.

¿Os acordáis de su sonrisa?, ¿de la forma que tenía de terminar sus frases?. Siempre terminaba sus frases con una especie de afirmación, medio risa medio duda, mirándote a la cara, como no queriéndote ofender y cruzando sus ojos con los tuyos de soslayo, ¿eh?. Y bajito, hablaba bajito, sin ofender a nadie, sonriendo.

Yo le preguntaba, descarado, que a ver cuando íbamos a ir a los Alpes y él, me relataba cómo, cada año, iba a Chamonix y subía al Mont Blanc por una vertiente distinta y, cuando te lo contaba, parecía que todo era fácil. Yo, impaciente, le iba preguntando por esto o por aquello y él, bajito, te contaba como subían por la arista hundiéndose hasta las rodillas o como se les hacía de noche... y como no anduvieras listo y le siguieras haciendo preguntas, él ya estaba en la cumbre.

¡Pero coño Ernesto¡ ¿Tan fácil es?.

Así era Ernesto. La vida a su lado era pura armonía.

-Un día, me contó lo siguiente: “me fui a la Tienda Verde y me compré un mapa del cielo de Madrid. Cogí el coche y me fui a La Pedriza a dormir. Esa noche me la pasé leyendo las estrellas con el mapa a mi lado”.

-¿Y te gustó?, le pregunté

-Si. Je je.

Y escalando..., ¡cuantas veces pasamos por un risco donde hay gente escalando y oyes al de arriba gritar al de abajo y al de abajo gritar al de arriba!:

-¡Chupaaa!

-¡Cuerdaaa!

-¡Voooy!.

Ernesto no decía ni pío. Lo más, cuando ya estabas llegando a su lado en la reunión, te decía:

¿Chulo eh?... Y luego te describía el siguiente largo.

En otra ocasión, en La Cabrera, acabábamos de bajar de una vía preciosa que se empeñó en enseñarme y, como era aún pronto, me dijo que quería probar el primer largo de una vía muy difícil, así que nos dirigimos hacia allí; en ese momento, en la vía, estaban dos chavales tratando de ensayarla. Los chicos eran vociferantes e insolentes, cabrones ellos, pero por más que lo intentaban no conseguían llegar a la segunda chapa de las ocho que tenía el largo y, después de intentarlo muchas veces cada uno, al final, y sin mucho convencimiento, le dejaron paso a Ernesto que se mantenía al margen para que no se sintieran observados y les pudiera desconcentrar; los chicos miraban a Ernesto como diciendo “éste no puede ser mejor que nosotros” y él, se ató la cuerda parsimoniosamente moviendo esos dedos de jugador de cartas que tenía y me dijo:

- Asegúrame un poco suelto ¿vale?.

- Vale, asentí.

Y empezó a subir paso a paso como él era, y despacito, sin parar, llegó a la reunión, chapó y me mandó que le bajara. Llegó abajo con las manos blancas del magnesio y sus pelos revueltos y me dijo:

-Voy a intentar por este otro lado, asegúrame.

Dicho y hecho.

Para entonces, ya se habían congregado más de media docena de escaladores , en el pié de la vía atraídos por la destreza y la habilidad con que Ernesto subió esos dos largos; luego él, terminó de bajar, se desató entre sonrisas de timidez y me invitó a mí a que probara ¡Ya ves!, y nos fuimos, Ernesto como quien no quiere la cosa y yo más contento que unas pascuas.

Ahora, desde mi rincón preferido de la Pedriza, lloro pensando en que no se volverán a repetir ninguna de esas historias y que ya no podré contar a nadie cómo fue mi amigo, pero sigo andando un poco y detrás de la piedra salgo de mi rincón, me da el sol y me río; empiezo a recordar todo lo que aprendí y todo lo que estoy aprendiendo aún; así que, un día de estos, yo también me compraré un mapa del cielo de Madrid y me iré, como tú, a la Pedriza, para estremecerme de placer mirando el mismo cielo que tú mirabas y que ahora tiene una estrella más.

Manuel Sanz Núñez




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